Esa tarde regresó a casa temprano y no la encontró; decidió esperarla mientras arreglaba un pequeño equipaje. Habían quedado en viajar juntos a Joinville a visitar a su madre.
El día anterior le había comentado que iría a la Rua 25 do Marco y él bien sabia que ella se perdía en tiempo y espacio cuando iba de compras, mucho más si lo hacía en compañía de alguna amiga, así que prefirió recostarse y el sueño lo venció.
Durante el breve tiempo que dormía lo volvió a asaltar esa pesadilla recurrente. Despertó sobresaltado. Divisó la hora en el pequeño despertador luminoso sobre el velador, ya eran más de las 10 pm. Se incorporó preococupado; era hora de que haya vuelto a casa. Tomó el teléfono y llamó a una de sus amigas; le respondió sin darle cuenta de ella, no se habían visto desde hace días.
-¿Qué habría podido pasar? -se preguntó-
Salió disparado a buscarla a la Rua; luego, de no encontrarla, iría al teatro. No se atrevió a telefonear a la mamá para no preocuparla; igual hubiese sido casi imposible que viaje sin él; jamás se separaban, no podían.
La extensa avenida comercial estaba despejada, la mayoría de negocios cerrados ya; aun así la buscó en todos los lugares donde solían ir; aquí, allá. Fue a casa de un par de buenas amigas, Cristiane y Paula; no habían sabido de ella ese día, en el teatro mucho menos; empezaba una semana libre, qué iría a hacer allí.
Le dio casi el amanecer, no sabía a dónde más acudir, se encontraba totalmente desorientado. Decidió que temprano en la mañana llamaría a la madre, se haría el tiempo suficiente para que de haber viajado sola hubiese llegado a su ciudad.
Hasta entonces no pudo dormir. Lo atormentaba aquella pesadilla y temió que algo malo hubiese podido ocurrir.
A eso de las nueve llamó a doña Simone. Seguido al saludo le contó que habían planeado viajar ese día a Joinville; cuando doña Simone le dijo que los estaba esperando un frío intenso le penetró hasta el alma. Inmediatamente le relató lo acontecido, la ausencia de la menina o Laelia, que era como la llamaba su madre, la búsqueda y todo lo inútil que resultaron sus esfuerzos por localizarla. La madre totalmente impactada y muy nerviosa le respondió que llamaría a su sobrino, el abogado, y que lo más pronto posible se pondrían en camino.
Una vez que enganchó el teléfono salió a buscar a Fabio, un guardia de la policía civil en retiro y uno de los agentes de seguridad del teatro. Era su amigo de confianza y además hermano de Chico, jefe de una de las bandas de la Fabela do Moinho en pleno centro de la gran ciudad.
A pesar de que Fabio vivía en la fabela, pasaba la mayor parte del tiempo en el teatro, muy cerca tenía una habitación donde descansaba luego de terminar su turno de vigilancia. A más de velar, junto a los otros hombres, por la seguridad del recinto y artistas durante las funciones, Fabio servía de enlace entre el medio artístico y los proveedores de droga. Así que le pareció oportuno acudir a él para tratar de dar con el paradero de la menina. Además que en ese país extraño no tenía a nadie, ni amigos ni familia que no sean los de ella, excepto Fabio.
Caído el medio día estuvieron frente a Chico; ya se conocían con anterioridad, pues le había hecho un gran favor y Fabio sabía bien que en los bajos mundos jamás se olvidan las deudas, ni aquellas por cobrar ni mucho menos aquellas que hay que pagar; así que Chico les pidió un poco de tiempo para correr la voz y recolectar información. Quedó en comunicarse en cuanto la tuviera.
El muchacho regresó a casa y se tendió en el sofá pendiente del teléfono. Más que agotado se sentía atormentado; así que cerró los ojos y respiró suavemente como buscando calma.
Fue esa tarde en el Palace. Era casi mayo, las lluvias de abril se habían ausentado; lucía un día esplendoroso.
En la planta baja adjunto al lobby del hotel funcionaba un restaurante cafetería, el Cashba, que se extendía hacia la parte exterior con mesas de parasoles estampados de vivos colores. Dentro, en la parte opuesta a la cafetería, un pequeño telón rojo de escenario burlesque delataba el ingreso al Piso Cero, el inmenso nivel donde funcionaba el teatro de variedades, un casino y una discoteca que eran el centro de atracción nocturna por esos tiempos en la ciudad. Sus principales visitantes eran turistas, gente local, poderosos políticos y empresarios, militares de alto rango; y una variedad de adinerados que iban en busca del juego, la diversion y también atraídos por las mujeres del medio.
Por esas épocas , a inicios de los 80’s, ‘la blanca’ era el boom de los selectos círculos sociales nocturnos, así era como se conocía a la cocaína, que estaba en todo su apogeo de la mano con las benzodiazepinas utilizadas sobretodo por las mujeres.
Él acostumbraba ir al Cashba cada sábado o domingo cuando estaba libre los fines de semana; ahí solía acudir también con una que otra amiga. Ese día iría acompañado de una de ellas pero en el trayecto se enojaron y terminó a solas sentado frente a la barra contemplando las estanterías de cristal repletas de licores y copas. Siempre se hacia de un helado, o de un campari, y luego de un café que bebía a lentos sorbos como queriendo detener o retrasar su regreso a la rigurosa vida que llevaba y que lo tenía hastiado hace un buen tiempo ya.
Esa tarde estaba reparando justo en eso; la vista de los cristales le hizo volar la imaginación y pensó en cómo sería su vida sin tanta presión y si podría valer la pena dejar lo que había elegido como carrera. De pronto la gran algarabía de un grupo de personas que entraban a la cafetería lo hizo voltear de improviso. Asaltado por la curiosidad le preguntó a uno de los barman de quiénes se trataba.
—Son los bailarines extranjeros del teatro —respondió el hombre—, vienen aquí a diario desde la semana pasada que llegaron para un tiempo de presentaciones en la ciudad —continuó—. Están hospedados en el hotel, sino que son muy bulliciosos —concluyó el barman mientras sonreía.
Retomó su mirada sobre las estanterías y le pidió al barman un milkshake.
Durante el tiempo que aguardaba la orden pudo observar por el reflejo de los cristales que el grupo, alrededor de unas veinte personas muy jóvenes entre hombres y mujeres, ocupó las mesas adyacentes a la barra uniendo varias entre sí hasta dar cabida a todos.
Un par de camareros se acercaron entonces para proveer el menù y tomar los pedidos. Mientras esperaban el servicio, que fue un buen rato, dos muchachas del grupo se levantaron de la mesa y se acercaron a la barra. Fue la primera vez en su vida que el muchacho escuchó un “Oi”, que una de las chicas dirigió al barman. Se volteó, esta vez con calma, y junto a él divisó a dos de las bailarinas. Las dos eran espigadas y muy pálidas. La una, la más blanca, llevaba un suéter rosa que resaltaba debajo de un vestido jean muy amplio que le llegaba hasta las rodillas; la otra, un suéter amplio a rayas y sobre éste un mono largo de tirantes que le llegaba justo por arriba de los tobillos; ambas llevaban zapatos deportivos. La última fue la que más le llamó la atención.
Llevaba sobre la cabeza un cintillo ancho y entretejido de hilos multicolores que dejaba caer suaves y largas ondas de cabello sobre las partes laterales de la frente; tenía la cabellera larga, ondulada y muy tupida, pero lo que más lo dejó admirado fue el color, era un cabello color bermejo muy brillante, semejante a un fuego que flamea impaciente como queriendo huir de una chimenea encendida. Nunca había visto algo así, y por unos instantes permaneció como anonadado; y tanto que la muchacha lo notó y volteándose ligeramente lo miro y no pudo evitar sonreirse. Esa fue la primera vez que se vio con Luh.
Un fuerte impacto en la puerta lo despertó, ésta se abrió violentamente y vio abalanzarse sobre él a dos guardias que lo levantaron a viva fuerza del sofá tomándolo por los brazos. No le dieron tiempo a nada; al querer reaccionar, un tercero le propinó un golpe con la macana que lo dejó encorvado. Lo arrastraron por las escaleras hacia la calle; cuando las puertas del edificio se abrieron empujadas por los gendarmes, divisó al sobrino de doña Simone. Las luces intermitentes de tres patrullas alarmaban el vecindario. Se lo llevaron con rumbo incierto para él.
En la acera de enfrente, mientras esto acontecía, Fabio, que había llegado hasta allí para darle noticias de la menina, confundido entre los curiosos observaba todo sin mover una sola pestaña. Aguardó a que todo termine y emprendió retirada.
Lo transportaron a la delegación de la Rua Brigadeiro Tobías, ahí se encontraba la División de Homicidios y Crímenes contra la vida; adjunto a ésta, el Departamento de Criminalística y el Instituto Médico Legal.
Ya la habían encontrado. Esa era la noticia que Fabio le había ido a dar. Pero él aún no se enteraba de nada; no entendía porqué había sido conducido hasta esa delegación policial. Su pensamiento y su preocupación estaban centrados en ella y no le importaba nada más, ni siquiera su situación; lo que importaba para él era Luh…sólo Luh.
Dos gendarmes lo condujeron al registro donde entregó su identificación y todas sus pertenencias de valor, excepto el collar de cuerda con el caracol de Luh que conservó asido a su cuello. Seguido a esto dos agentes de investigación se hicieron cargo y lo llevaron a una pequeña habitación.
El cuarto estaba casi oscuro, excepto por un único bombillo de luz amarillenta y tenue que colgaba al centro. Frente a la pared opuesta a la puerta, una silla; en ella lo sentaron, colocaron sus manos detrás del espaldar y lo esposaron. Ahí lo dejaron, frente a ese frio muro de color gris.
(...continuará)
