The Direct Link to Growth
Cuándo iba imaginar que el corazón se lo iban a incautar de un sopetón en ese lugar; pero la vida tiene sorpresas y lo que está escrito, escrito está y así tiene que pasar: que aquel que no cree en la fuerza del
destino tiene que atenerse –quiera o no- igual a la fatalidad.
Una que otra vez la había observado al abrir la pequeña ventanilla mientras
laboraba, o, mejor dicho, laboraban; pero únicamente hasta allí había llegado la
cosa. Una camarera más de las más de una docena de distintos países que había en
ese concurrido club de Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Que el hombre, a
pesar de que alguna que entraba a su recinto por tal o cual motivo lo había mirado
de soslayo y hasta coqueteado, no se lo tomaba tan en serio porque sabía que las
mujeres rápidas y los caballos lentos, son tan mal negocio que generan grandes
pérdidas o terminan por causar la bancarrota total, levantándose con el santo y la
limosna y dejando sacrificadas en un madero a multitudes de creyentes.
Además, desde hace algún tiempo se había inclinado al crecimiento espiritual
desconectándose abastanza de los trajines mundanos. Después de tantos avatares
como golondrina sin verano en tierras lejanas y un matrimonio fenecido por lo que
causa la distancia y lo que la separación extensa conlleva, estaba decidido a buscar
la paz interna y a no permitir que nada ni nadie se la arrebatara.
Pero aquella tarde fue distinta; con ella fue distinto aquella tarde.
Los habían asignado a la misma estación y el encuentro se hizo inevitable.
Quién
pudiera descifrar el hado misterioso que conjuga lo desconocido en la vida de un
moro y de un cristiano convirtiéndolos a esa única religión que tarde o temprano se
profesa sin excepción; que si lo por venir se pudiera develar, aun así se elegiría
hasta aquello que no conviene y que, aunque por un momento tan solo, hace vivir
intensamente.
La vio entrar esa tarde como con pasos contados; parecía que sus pies desdeñaban
cautelosos las negras alfombras de goma perforada y en vez de caminar flotaba
suavemente.
El hombre quiso portarse indiferente como con las otras, arrolladoras
y agresivas; esta vez no pudo; se dejó doblegar por la suavidad de sus maneras y
porque la sintió tan calma como las aguas mansas pero a la vez profunda como la
vorágine impetuosa que siempre ocultan en su seno.
Las miradas se encontraron mientras ella lo llamaba por su nombre y el alma de
ella se tragó la de él, o la de él la de ella; qué importa! Lo mismo resultó: se
enamoraron; y, a pesar de todo y de nada, empezaron desde ese mismísimo
momento intensamente a procurarse.
Pasaron tres semanas de incesante actividad; apenas intercambiaron palabras; más,
y sobre todo, miradas. Cuando él no podía buscar las de ella, ella se daba forma
para hallar las de él.
Algunas veces entraba al recinto y el olor a especies de los preparados que
evaporaba el lugar se matizaba con su suave perfume que se pegaba a las espaldas
de él mientras los demás los miraban de reojo. Venía en persona a indicarle algún
detalle particular de algún pedido, o a preguntarle cómo lidiar con alguno; eran
como dos cómplices que se deleitaban en aprovechar cualquier ocasión para
hacerse uno. Se amañaron poco a poco y así, desprevenidos, terminaron
encontrando en cada uno lo que de otros habían estado esperando.
Todos allí estaban intrigados porque el hombre traía siempre consigo un pequeño
frasco de vidrio azul oscuro con tapa de corcho; cada que terminaba algún
preparado lo abría y parecía verter brevísimamente una poca de su misterioso
contenido dándole así toque final a las mixturas.
Atribuían a esa rara pócima el que todo le resultara con ese toque magistral en sus
platos, que ellos por más que se afanaban no lograban.
Ya se lo habían comentado al gerente, y hasta Charlie, el tano propietario del lugar;
así que era asunto general descubrir el misterioso contenido; pero no era tarea fácil
cuando el hombre jamás se desprendía de la extraña pócima.
Una y otra vez le habían preguntado qué era lo que hacía para lograr lo que
lograba; él con una ligera sonrisa contestaba:
Nada! Sólo sigo el consejo de una vidente que conocí haciendo construcción allá
en Venecia: me perfumo las manos con estigma de azafrán y espíritu de vino
añejo.
(…) Una noche, casi al amanecer, terminada la faena ya, mientras él se cambiaba y
ella había ido por su abrigo, le dijo:
-Adiós amigo, me voy -y eso fue todo.
…Ya saben que todo gran romance siempre incluye Celestina; entonces Raquel,
una compañera y amiga mutua que sabía lo que estaba sucediendo entre los dos, le
fue rapidito a informar en baja voz la madrugada siguiente:
-Isa, se fue; se fue con mi prima a trabajar a otro lugar; porque se enteraron que
aquí a las otras les pagan más y las que más producimos en este lugar somos las
hispanas.
El hombre se sorprendió y enseguida una grieta le abrió el corazón; pero se quedó
como amante dentro de clóset, quedito y sin decir una sola palabra.
Al llegar a casa, ese resto de la madrugada se pasó como incriminado esperando
audiencia de juzgamiento; por más que se volteaba y se volteaba, no
logró conciliar el sueño. Algo tenía que hacer; el hombre era porfiado, y
precisamente no iba ser huirle a la situación como reo ya sentenciado.
La tarde siguiente llegó temprano al trabajo. Se quedó afuera esperando a Raquel.
Cuando la vio descender del taxi se le abalanzó de forma tan violenta que la asustó.
-¡Franky –que era como esta lo llamaba-, qué te pasa? -exclamó.
-¡Nada! -respondió él-, dame por favor el numero de Isa, necesito hablar con ella.
Ella lo quedó mirando pensativa; él entendió y rápidamente recompuso sus
palabras:
-Llámala por favor; dile que necesito hablar con ella y que si puede autorizarte
para que me des su número.
Después de unas horas, Raquel se llegó hasta donde él y quedito le susurró al oído:
-Hablé con ella, me dijo que te dé el numero; pero que no la llames hoy si no
mañana; -y seguidamente le entregó un papel con el número telefónico.
Mientras, los compañeros curiosos entre murmullos comentaban: 'vaya que el
hombre es rápido; se le fue la una y ya se consiguió otra…….'
No la llamó sino hasta después de dos días; se quedaron conversando y tanto que
no se había dado cuenta que estaba hablando solo porque el teléfono se le había
quedado sin batería. Quedaron en que iría a visitarla una de esas noches al nuevo
lugar donde ella estaba trabajando; total había tiempo de sobra, a qué apresurarse.
Pero la semana siguiente, el Miércoles, ella fue por su pago y lo tomó por sorpresa
cuando se le entró a la cocina.
¡Vaya que si fue gran sorpresa! Se había tenido para matarlo y terminó envuelto de
remate en la vorágine oculta de esa calma cristalina que tanto lo había atraído.
-Vengo a despedirme -le dijo delante de todos-; este Domingo viajo; regreso a mi
país.
Él bajó la cabeza, cerró los ojos por un instante y los volvió a abrir clavándole la
mirada como un toro de lidia ante el capote:
-Más luego la voy a ver! –exclamó quedamente, mientras a ella le brillaron con
más intensidad los ojos.
Ese día dejó botado todo -hasta el frasquito-, y se largó a la media noche. Fue a
casa y lentamente se preparó. Tomó una ducha de agua muy tibia, se afeitó y se
perfumó más que de costumbre, y no con polvos de azafrán sino con su agua de
colonia Roma para ocasiones especiales. Puso suficiente dinero en la cartera y otro
tanto en la planta del zapato -por si alguna emergencia-; sabía que tenía que ir
preparado para todo, y también para nada; con una mujer nunca se sabe, más
cuando verdaderamente le interesa un hombre.
Llamó un taxi y en quince minutos ya estaba allí. Empujó la puerta y al entrar se
halló con muchos de aquellos que iban por allá y que desde que ella se había ido ya
no iban; la habían seguido hasta donde ahora estaba. Eso le molestó y después de
tanto tiempo sintió lo que ya hace tiempos no sentía por mujer alguna: ………..
Ni siquiera la miró a pesar que ella, que estaba atendiendo detrás de la barra, lo
reconoció de entre tantos concurrentes al instante; fue y tomó una mesa que
rápidamente atendió una camarera.
Ordenó un “incredible man”, -una fuerte combinación de Baco hecha a base de
coñac, menta y brandy-. Necesitaba relajarse, calmar la impaciencia que le había
metido esa mujer.
Después de varias órdenes fue como que entró en trance y así permaneció hasta
que ella pudo acercarse.
Ni siquiera se dio cuenta cuando ya estuvo allí y se le sentó al ladito para
enseguida reprocharle suavemente:
-Por que entró así de esa manera, sin ni siquiera saludarme?
-Ah, es que no la vi; discúlpeme por favor –replicó sonriente.
Ella lo miró intensamente y pensó para sí: '…uno de estos días lo hago pagar
todas juntas……'
Dialogaron un poco; él le preguntó si de verdad viajaba el fin de semana tan
cercano; ella le respondió que no; que le había dicho eso porque estaban presente
los otros; pero que en realidad sí iba a viajar, pero no este Domingo si no el
próximo.
Bebieron un trago juntos y ella volvió a su trabajo.
(…) Cuando salió del lugar habría sido más de las cinco a.m. Súbitamente vio
detenerse un taxi al pie de él; cuando se abrió la puerta trasera pudo divisarla; era
ella que había regresado a verlo: -suba, por favor!-,exclamó.
Durante el trayecto le preguntó por qué no le había permitido salir con ella: -qué
quería, que todos quieran hacer lo mismo? –exclamó-, y salgan detrás mío-.
Se hizo silencio en el camino hasta que llegaron a su casa.
Subieron hasta el ático que era donde ella habitaba; al hombre se le vino a la mente
que al principio de una primavera, desmontando una cornisa, había descubierto –al
encontrar muchos nidos y polluelos en su interior- que allá en esas alturas era
donde las aves construían su verano en pleno invierno.
De pronto, se percató que estaba allí con ella, los dos tan solos, que se desprendió
de ese trance monástico en que había permanecido por tanto tiempo sin siquiera
necesitar colgar los hábitos; cayeron por sí solos por el suelo; y ahí, en ese alcázar
tibio y oscuro se les fue alargando la noche mientras afuera ya era de día e hicieron
florecer la primavera al final del otoño, y lo que combinaron entre ambos se
convirtió en secreto de una sola memoria porque los caballeros cosas como estas
olvidan, las guardan con cerradura blindada en el alma y tiran para siempre la llave
que las abre.
(…)La última vez que se vieron antes de su partida, fueron a desayunar juntos al
mismo lugar donde se encontraban los últimos días. Ella se veía fastidiada, él peor.
Se sentaron a cada extremo de la mesa; allí no había nadie, solo ellos y dos
personas de servicio. No se dispusieron como siempre, frente a frente; ni siquiera
se miraron.
Intercambiaron recuerdos e información para seguir comunicándose; cuando él le
preguntó su apellido, le contestó: ¡Kasata!, mi padre era japonés y mi madre es
caribeña.
En ese momento entendió porqué a pesar de proceder de esa isla del Caribe, era tan
calma y de tales suaves maneras que habían dejado cautivado a todos los que la
conocieron.
“! Vaya!”, pensó. Qué inimaginable sorpresa.
Le dijo que no deseaba salir más de su país, que ya había estado viviendo quince
anos en el Japón; que al igual que él estaba cansada de estar tan lejos de su patria,
de trabajar tan duro.
Él le dijo que la quería bien y que estaba contento de que regresara a ver a su
pequeña hija de nueve anos, a pasar la navidad con ella; que lo que la hiciera feliz
a era muy bueno para él.
En el trayecto de regreso ni siquiera se hablaron, uno al lado del otro en completo
silencio. El taxi estaba por detenerse para él apearse antes; de pronto se miraron,
todavía con enfado; parecían culparse el uno al otro por separarse. Descendió sin
siquiera decir ‘esta boca es mía’, sólo se escuchó el sonido de la puerta que se
cerró de manera casi abrupta.
Metió las manos en los bolsillos y camino lentamente unos pasos; de pronto se
detuvo, volteó y pudo divisarla mirándolo a través del vidrio trasero del vehículo
que se alejó poco a poco y se perdió en la distancia………como todo lo que
termina perdiéndose tarde o temprano en ella...
(…) Esa misma tarde llegó apresurado al trabajo; alguien le comunicó que Charlie
el tano, quería verlo. Bajó rápidamente y cuando entró a la pequeña oficina, detrás
de su escritorio estaba Charlie con el frasco misterioso en la mano. Lo había
destapado.
Lo miró y volteándolo lo sacudió ligeramente:
-¡Nada! Aquí no hay nada –exclamó- ¡Este frasco está y siempre ha estado vacio!
-¡Qué diablos le metes tú a tus comidas?!!! –Vociferó el tano.
Bajó la cabeza y con la ligera sonrisa que siempre respondía, le contestó:
-Nada. Tú lo has dicho, allí dentro no hay nada.
-¿Entonces qué? –replicó Charlie más intrigado
-Nada, nada que no sea lo mismo que ella trajo momentáneamente a mi vida: Es
magia...únicamente magia...